Las mañanas no son el momento adecuado para hacer descubrimientos, menos descubrimientos trágicos u ocurrencias diarias que suelen ser ilógicas para nuestra cotidianidad.
Encontrarse, por ejemplo, que se nos ha terminado el azúcar, y la bolsa del café está húmeda. Percibir que no existen más opciones, y que esa mañana el desayuno será propio de un ejecutivo afanado, aunque no haya a donde ir, o ningún negocio que concretar: café sin azúcar y pan viejo remojado en las ganas de unos huevos batidos. Ese tipo de mañanas no se prestan para situaciones de complejidades superiores; como descubrir de repente, que en el aire, hay un silencio desparramado en todo el espacio habitable. Si, un silencio que lleva carcomiéndose todo hace más de dos días, pero que por cosas del encierro no se ha percibido.
Y vinieron los egoístas como un ejército mayor que los mismos mendicantes, a llevarse todo: la decencia, las buenas maneras, el pundonor, el respeto por todas esas desgracias que nos ocurrían en ese momento.
Gira lentamente, como queriendo hilar con claridad lo que debe decir, mientas sorbe y aprieta los ojos para no quemarse. Continúa girando, suponiendo que ellos, ya se han percatado de la situación. Sin embargo, la cara de sorpresa al escuchar que desde la ventana no se veía el mini caos habitual y cotidiano, fue notoria. A tal punto que los que tenían algún comentario sobre el asunto, si alguien pretendió hacer anotación, simplemente la pensó e hizo el apunte neuronal correspondiente. Punto final.
Terminaron haciendo reuniones para excusar su incompetencia en todos los campos sociales. Terminaron reuniéndose sin conocerse muy bien, por cuestiones de magnetismo animal. Manadas recientes que no tienen propósitos claros, ambiciones hambrientas y lujurias alucinantes. Procesos inconclusos, con distintos principios, sin mucha moral, con muchos desertores, y un par de maldicientes furiosos. Al completar tres días de encierro, que ya era rutina normal, hicieron la suposición usual: bajamos, nos aplicamos alguna proteína barata, dormimos camino a casa y a esperar con paciencia la próxima reunión. Sin embargo en medio de ese silencio ensombrecido, la opción correcta era bajar y salir a ver donde estaba todo el mundo, donde estaban las cosas, los insultos, las vidas que tanto detestaban y que ahora, extrañaban.
Los rezagos del milenarismo atrasado, terminan por alcanzarnos en algún punto de nuestro recorrido vital. A ciencia cierta, como solían decir en las calles de cualquier lugar, nuestro imaginario encumbra como cierto, veraz y real, que, alguno de estos días todo va a desaparecer y que de forma milagrosa y mágica, nosotros, en nuestra especial individualidad sobreviviéremos para ver como todo ha dejado de estar y funcionar. Sabernos “especiales” acelera el proceso. Dibuja en nuestro comportamiento una suerte de superioridad moral que termina aislándonos de mala manera de todas las delicias cotidianas, esas minucias despreciables que nos apartan de nuestro fin superior y último. Se sufrirá de mala manera al estar contagiado de ese virus mediático histérico, incurable.
Decidieron repartirse de dos en dos la búsqueda de algo o alguien que les indicara que había sucedido. Ellos querían saber, sólo por saber. La verdad, no importaba mucho a donde habían ido todos. A la larga, si todo y cada uno de ellos habían dejado de funcionar por “X” o “Y” razón, la motivación del encierro voluntario se invalidaba. Todos esos años en solitario despreciando la masa amorfa, según ellos, insensible y despreciable, se iban por el caño de la sorpresa y hasta cierto grado la desilusión. Mientras caminaban y tomaban todo lo que se les antojaba, como solían hacerlo siempre, se preguntaban que harían y que seria de su existencia. Es curioso ver como las ambiciones, desarman las ilusiones, cuando se engendran en la cuna de la suposición, de enemigos y rivales muchas veces inexistentes.
Venían de cuando en cuando los vapores del alcohol, el anhelo, la corrupción. Sobre unos, otros, y la gana de ser ese pensamiento rendido. Terminaron siendo batería electrostática de unos con otros. La densidad de los pensamientos no cumplía a cabalidad con el deseo. La corruptela sobrepasaba todo lo pensado; ansiedad, manos sudorosas, murmullo de transeúntes que ya no gimen en el silencio de su prepotencia. La resaca era causada por lo obvio, por esa hilera de frases recalentadas, sofritas en suficiencia. Solían pensar en el amor, como todos, y era un hervidero de lágrimas agrias, maldiciones y mocos que se sonaban en la desesperación de saber verdades incalculables, torpezas acometidas, una tras de otra sin la piedad propia de la razón.
— ¡mierda, ahora si estamos solos!
Los que dicen saber, cuentan que el polvillo fue el causante, la caída no tanto como el polvillo. Niños, como duelen los niños, niños en revoltijos de sangre y tripa viva, la piel deshecha, nuestra conciencia egoísta viendo el sufrimiento. Ya no quedan llanto, todo desapareció con ellos.
En el desafuero de la curiosidad, asaltaron tiernamente, tiendas llenas de chocolate. La ciudad en soledad era una torta de vino. Provocativa, lista para ser engullida con un buen sorbo de leche. Los mordiscos se daban en la sonrisa de aquel que aprendió a vivir día con día. Cada que llegaban a un establecimiento buscando satisfacer alguno de los apetitos reprimidos, se encontraban que todo acababa de ser abandonado. No había rastro de polvo, o en muchos restaurantes en los que se abastecían, hallaban las estufas funcionando a pleno vapor. La comida fresca, recién hecha. Trufas, salmones, langostinos, ensaladas griegas y gitanas, hechas de frutas exquisitas y dulces.
Todo, en el mundo de los paranoides, termina siendo una conspiración mugrosa. Para evitar que sus eminentes pensamientos y palabras lleguen a esas mentes hambrientas de verdad y sedientas de esa sabiduría que se sabe emanan los artistas. Y suele suceder, que la gran mayoría de los que se hacen llamar artistas, adolecen de imaginarios exacerbados, por tanto, son capaces de proyectar alucinaciones sobre la mismísima sombra que se dibuja en el suelo. Así mismo, con cada paso dado, en pos de pistas que aclararan la situación, se escuchaban discursos del siguiente talante:
— Yo se lo dije hombre, yo le dije que ellos sabían de nosotros, que esas llamadas… y tanto equivoco, no eran normales…
—y entonces, según usted, ¿una ciudad entera se evapora por causa de cuatro muertos de hambre con ínfulas de artistas? No sea tan pendejo hombre.
—pero acuérdese todos los temas que tratábamos, esos eran temas difíciles, cosas que, usted sabe bien podrían…
— ¡cambiar el mundo!…deje de decir tanta maricada… más bien camine rápido…
Si, la desaparición de una ciudad de ocho millones de hambrientos, imagínese usted ese cuadro. Un panorama difícil de asimilar. Eso solo pasa en los malos cuentos. En esas parrafadas sin sentido que van de un lado a otro mientras se cocinan unas arvejas con carne.
Estuvimos mucho tiempo encerrados en las jaulas que las autoridades dispusieron para nuestro propio bienestar. Era extraño pensar que les interesábamos. Finalmente si no sobrevivíamos, ellos no serían juzgados por nadie…
El borde de la cobija empezó a arder de un momento a otro, fogonazos de lo peor, humo, gritos y ninguno se podía tener en pie. Uno de los que estaba encargado de prender las pipas, no había prensado bien la esquina asignada para su cuidado. Era extraño que luego de tantas trabas juntas pasaran esas cosas. Ya contaban con la suficiente destreza para evitar que el humo se escapara, que el mechero se incendiara. Todo era sencillo: un par de porros, una anfeta, amitriptilina de 50mg, cuatro líneas de buena escama. Una bomba sencilla, nada extravagante. Se proponía un tema, cerraban los ojitos, otro hacia de escribano y… si señor, historias del mejor talante.
—y… ¿Qué le paso al señor?
—una olla de agua hirviendo… señorita.
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